APROA apoya al «Hospital McDonald’s»: La Guaira nos necesita
Caraballeda ya no es la que conocí; cambió para siempre. Tampoco volveré a ver Los Corales, ni Catia La Mar, ni las Tanaguarenas de mis recuerdos. Para los venezolanos, y especialmente para los caraqueños, las imágenes de la región costera que nos dejó el doble terremoto del 24 de junio de 2026 representan un duelo inmenso. Desde que ocurrió la tragedia lloro todos los días, y solo he logrado sentirme útil gracias al operativo que organizamos desde APROA para ayudar a esos seres de cuatro patas que también son víctimas silenciosas de este desastre.
Me permito escribir en primera persona porque hoy cada venezolano desea contarle al mundo la tragedia que vivimos. Yo hablo en mi nombre y desde mi óptica como activista y proteccionista animal.
En APROA encontré ese espacio para canalizar el dolor y sentirme útil. Pero, afortunadamente, no estamos solos en esta batalla contra la adversidad; el movimiento animalista venezolano se ha movilizado en su totalidad para hacer frente al terrible impacto que el doblete sísmico ha dejado en la fauna doméstica. A este esfuerzo titánico se han sumado también rescatistas y activistas internacionales que cruzaron fronteras para ofrecer sus manos, sus recursos y su corazón.
Desde el día siguiente de la tragedia, APROA sirve como centro de acopio de alimentos y medicinas, y presta servicio veterinario gratuito para las mascotas afectadas por el doble terremoto.
El pasado 14 de julio, a casi tres semanas de la tragedia, dos veterinarios de APROA, sus asistentes y nuestro equipo de voluntarios bajamos desde Caracas cargados de ayuda para los animales afectados. El llamado de auxilio nos había llegado directamente desde el «Hospital McDonald’s», donde urgía nuestro apoyo.

Este improvisado hospital fue bautizado así porque, tras la catástrofe, el conocido establecimiento de comida rápida fue cedido por sus dueños para servir como puesto de auxilio tanto para humanos como para animales. Allí, médicos, veterinarios, rescatistas, todos voluntarios, unieron fuerzas para atender a los cientos de víctimas rescatadas de los escombros; un espacio que mantiene sus puertas abiertas para cualquiera que necesite atención médica o veterinaria. El local se encuentra precisamente en el corazón de la «zona cero» (o ground zero), el área que sufrió el impacto más devastador, violento y directo de la tragedia.
En ese espacio, toda vida es valiosa. Quienes allí trabajan realizan un esfuerzo titánico por salvar no solo a los seres de dos y cuatro patas, sino también a las tortugas y a la fauna silvestre que llega herida, víctima de este cataclismo natural. Hasta el momento, según cifras oficiales, han sido rescatadas 6.462 personas y hay más de 600 mascotas en busca de sus familiares o huérfanas.

Cuando entras a la «zona cero», todo tu ser se estremece; resulta imposible asimilar cómo tanta devastación pudo ocurrir en tan poco tiempo. Los dos sismos —uno de magnitud 7.2 y el principal de 7.5— ocurrieron con apenas cuarenta segundos de diferencia. Prácticamente, el suelo no había dejado de moverse por el primero cuando la segunda falla geológica se rompió, sentenciando a las estructuras que, ya debilitadas, terminaron de colapsar en el acto.
En esos eternos tres minutos y diez segundos de sacudida ininterrumpida, la energía equivalente a cincuenta bombas de Hiroshima desgarró la costa central venezolana. A nivel general, el doblete sísmico colapsó la infraestructura crítica de la región: dejó inoperativo el aeropuerto de Maiquetía, provocó el desplome de 190 edificios y causó daños estructurales severos en otros 856. Hasta la fecha, el saldo trágico supera los 4.800 fallecidos y deja decenas de miles de heridos y damnificados; una cifra que lamentablemente seguirá creciendo, pues todavía muchos cuerpos no han podido ser recuperados de entre los escombros.
En la zona cero de Caraballeda, el impacto fue aún más devastador debido a un suelo blando que amplificó las ondas sísmicas; allí, el desplome de populosas torres residenciales colapsaron por completo a la parroquia, transformando en un instante sus calles y balnearios en un laberinto de escombros, polvo y desolación, donde la comunidad tuvo que improvisar espacios de supervivencia como el «Hospital McDonald’s» para rescatar y atender a las víctimas.

El deslave de Vargas: un eco del pasado
APROA también estuvo allí, rescatando vidas en 1999, cuando ocurrió el deslave de Vargas; una dolorosa coincidencia en la misma geografía que hoy nos vuelve a enlutar. Hasta el sol de hoy, aquel desastre había sido considerado la peor tragedia natural en la historia contemporánea de Venezuela. En aquellos días, lluvias torrenciales atípicas acumularon en poco tiempo el equivalente a todo un año de precipitaciones. Esto provocó que la cadena montañosa del Parque Nacional El Ávila se saturara y colapsara, generando masivos aludes de lodo, rocas gigantescas y escombros que descendieron con violencia hacia la estrecha franja costera. El desastre arrasó pueblos enteros, destruyó miles de viviendas e infraestructuras críticas, y aunque la cifra exacta de víctimas sigue siendo un misterio, se estima que las pérdidas humanas oscilaron entre las 10 mil y 30 mil personas, dejando cicatrices profundas en la geografía y en nuestra memoria colectiva.

Sin embargo, a mi juicio, la devastación estructural y el colapso que han dejado estos terremotos superan las huellas del pasado. La Guaira nos necesita hoy más que nunca; debemos seguir apoyando a nuestro pueblo costero y a sus animales. No los dejemos solos.
Por Verónica Díaz
